Dónde está Dios cuando lo necesitamos? Parte I

Iba en el autobús a mi casa, uno de esos que lleva gente como la lata lleva atún en su interior: a full. Con apenas dos manos sostenía una bolsa y con la otra sostenía un libro mientras tambien me equilibraba como trapecista para ir de pie con dos manos ocupadas. En mi defensa diré que leer era prioridad en el camino, sino uno puede aburrirse en cantidades industriales.

De repente alguien gritó, en Quito ya uno está acostumbrado a los gritos, se grita para pedir permiso, se grita para cobrar el costo del viaje, se grita para vender “caramelos moritas, caramelos de maní, kaumal para la garganta”, se grita para hablar de Jesús y de Dios y luego pedir una moneda a cambio de una oración mal hecha. Pero ese grito llevaba un poco de bronca, de impotencia, de que la persona que hablaba (o gritaba) sí tenía algo que decir.

Era una madre y su hija sufría de cáncer a sus riñones, si no me equivoco. Nos dió su nombre, nos invitó a donar sangre, pero a mí personalmente en medio de todo ese ruido me hizo pensar dónde está Dios cuando lo necesitamos! Ni siquiera es una pregunta, es un reclamo.

Dónde estaba Dios cuando aquella niña empezó a sufrir los síntomas de la enfermedad? Dónde estaba cuando las células cancerígenas empezaron a reproducirse? Acaso no estaba pendiente de ella? Acaso no está “en todo lugar”?

Lo mismo pensé cuando no pude entrar a la universidad que quise. ¿Dónde estaba Dios cuando hacía cuentas con mis padres y cumplir mi sueño de toda la vida? Pensé que estaba cumpliendo el sueño de otro en otro lugar del mundo, muy ocupado para preocuparse por mí.

Jesús hizo la misma pregunta en la cruz. En una situación que ni el peor criminal merece le gritó a su padre “Porqué me has abandonado!” Jesús también se preguntó “¡Dónde estás cuando te necesito, padre!”

 

No te voy a fallar “nunca más”

Siempre que había alguna reunión especial en la iglesia; una de aquellas reuniones cuando te recuerdan todos tus pecados, los habidos y por haber, la noche terminaba con muchas personas de rodillas, con lágrimas en los ojos, emocionados o confrontados (más emocionados que confrontados). Y yo, normalmente, en alguna de aquellas situaciones le decía a Dios en una oración “Dios, nunca más te voy a fallar“. Lo que no sabía era que en la niñez, adolescencia, juventud y madurez, la palabra nunca dura muy poco.

Descubrí que a veces nunca duraba una semana, a veces 2, a veces 3. Y cuando me equivocaba nuevamente, o en el término incumplido en la promesa, cuando le fallaba me ponía mal. Me sentía avergonzado de no ser un “buen hijo de Dios” (Porque los cristianos hemos creado categorías: Mejor hijo o Peor hijo), de no haber podido cumplir con la palabra, y con el temor de que cucos e infiernos me caerían encima (no cuestiono que exista o no el infierno, ya escribiré sobre eso… algún día). Me sentía el peor cristiano del mundo, y nadie, hasta ese momento me había explicado que Dios no estaba esperando a que me equivocara, no me dijeron que él prefiere que no haga promesas tontas, sino que decida caminar cada día un paso más. Ejemplo?

2 Al día siguiente, al amanecer, Jesús regresó al templo. La gente se acercó, y él se sentó para enseñarles.

3 Entonces los maestros de la Ley y los fariseos llevaron al templo a una mujer. La habían sorprendido teniendo relaciones sexuales con un hombre que no era su esposo. Pusieron a la mujer en medio de toda la gente,

4 y le dijeron a Jesús:

—Maestro, encontramos a esta mujer cometiendo pecado de adulterio. 5 En nuestra ley, Moisés manda que a esta clase de mujeres las matemos a pedradas. ¿Tú qué opinas?

6 Ellos le hicieron esa pregunta para ponerle una trampa. Si él respondía mal, podrían acusarlo. Pero Jesús se inclinó y empezó a escribir en el suelo con su dedo. 7 Sin embargo, como no dejaban de hacerle preguntas, Jesús se levantó y les dijo:

—Si alguno de ustedes nunca ha pecado, tire la primera piedra.

8 Luego, volvió a inclinarse y siguió escribiendo en el suelo. 9 Al escuchar a Jesús, todos empezaron a irse, comenzando por los más viejos, hasta que Jesús se quedó solo con la mujer. 10 Entonces Jesús se puso de pie y le dijo:

—Mujer, los que te trajeron se han ido. ¡Nadie te ha condenado!

11 Ella le respondió:

—Así es, Señor. Nadie me ha condenado.

Jesús le dijo:

—Tampoco yo te condeno. Puedes irte, pero no vuelvas a pecar.

(Juan 8:2-12 / Traducción en Lenguaje Actual - Copyright © 2000 by United Bible Societies)

Jesús no condena, perdona. Y si te dice no vuelvas a pecar, no es porque tenga ganas de mandarte al infierno, sino porque no quiere verte avergonzado, triste, preocupado, cabizbajo. Si te dice no lo hagas de nuevo, es porque él sabe que no te hará ningún bien.

Ya no prometo no fallar, ahora le pido fuerzas para cada día ser diferente, si me equivocaba 10 veces, hoy lo haré 9 veces. El esfuerzo cuenta, como dijo Pablo: Prosigo a la meta. (Filipenses 3:14)

Corriendo

Tuve una mala costumbre durante años, la disimulaba bien, la ocultaba tras un par de actividades y títulos que ostentaba, nadie se daba cuenta, a nadie afectaba más que a mí (al principio), corría. No corría como atleta, como competidor, corría cuando aparecía un problema producto de una mala decisión. Otros lo llaman huir.

Apenas divisaba que una situación empezaba a ser incómoda, que las cosas no salieron como yo quería, o que algo estaba fuera de su lugar emprendía mi plan de escape. Era bastante sencillo, a veces implicaba desaparecer, otras veces implicaba decir un par de frases como “tú sabes que no puede haber nada entre nosotros”, “no estoy listo, necesito tiempo”, “cada cual por su lado” y etcétera. Al principio no había problema evidente, corría tan rápido como podía y ya estando lejos de la situación podía detenerme y decir “uf, me libré nuevamente” Hasta que un día mi pasado me alcanzó.

Fue una noche de mayo cuando por alguna razón desconocida, mientras descansaba, soñé con todas las tristezas que había causado específicamente a personas cercanas a mí, personas que dije apreciar, que veían en mí un amigo sincero para luego encontrarse con la sorpresa de que la sinceridad también podía ser fingida. Fue un sueño terrible, una tras una aparecían las historias, los recuerdos, las miradas de esas personas decepcionadas por verse traicionadas por la persona que querían. Al despertar bruscamente no podía correr hacia ningún lugar, la pelea era conmigo mismo, no podía huir de mi. Mi pasado había seguido corriendo cuando yo me detuve y me alcanzó.

Recordé el pasaje de la Biblia de Esaú y Jacob (Puedes leer el relato original de Jacob y Esaú en Génesis 25:19 en adelante). Jacob le robó la bendición paternal a su hermano mayor, algo muy ofensivo en ese tiempo. Su hermano estaba enfurecido y quería venganza. Había que salvar a Jacob de la ira de su hermano. La mejor solución, según su madre, era huir lejos, bastante similar al consejo del tío Scar a Simba “huye, huye lejos y nunca vuelvas”. Pero su error lo acompañaba.

No importa cuán rápido corramos, cuan veloces podamos ser, nuestro pasado siempre es más rápido que nosotros y nos alcanza.

Entonces, cómo ganas esa carrera? Deteniéndote y confrontando lo que pasó.

Varios años más tarde Esaú fue acompañado por 400 hombres para encontrarse con su hermano. Jacob pensó que era su fin. Se preparó para lo peor, dividió a su familia en dos grupos para que si el primero era atacado, el segundo pudiese huir. Cuando se encontraron ocurrió lo inesperado.

Esaú conoció el rencor, y lo llevó al perdón mucho tiempo antes de ver a su hermano nuevamente. Jacob prefirió correr durante una vida, pero su error lo alcanzó.

Esaú había sido traicionado, y a pesar de eso decidió perdonar, no vivir con una maleta extra en el equipaje de culpa y odio. Los dos vivieron situaciones similares, uno como víctima y otro como victimario,la diferencia? Uno huyó, otro peleó. Uno de ellos vivía una vida plena, mientras el otro vivía con temor de las represalias de su pasado. Cuando se vieron, se abrazaron y lloraron.

Por fin Jacob se liberó de la mochila que pesaba sobre sus hombros.